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Experiencias de viaje, montaña y mochila.

Primera Parte. Conocer a Cami, cómo viaja y por qué.

Cami, Vani y Enero (perrito) viajaron un año y tres meses por Sudamérica, en un Falcon modelo 85, con el lema “Andar Hakuna Matata”. Recorrieron 31.000 kms y pasaron por Argentina, Uruguay, Brasil, Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Chile de enero del 2015 a abril del 2016.

A principios de mayo de este año visitamos a Cami en su casa de Buenos Aires (Argentina) y tomamos unos mates mientras nos contó un poco de su viajes y sus vivencias.

 

Vani, Enero y Cami contemplando el atardecer en la playa.

 

“Soy Cami, soy amiga de Lu y viajé un poco por ahí”, dijo Cami apenas dimos la señal de que la cámara ya estaba grabando. Habíamos estado acomodando las luces porque el día era gris y llovía. Cuando le preguntamos por qué le gustaría compartir su viaje, nos dijo que a veces contar es inspirar. Y que, así, otras personas pueden animarse a hacer cosas que creyeran imposibles. Si alguien hizo algo que parece loco, otro también puede hacer una locura a su manera. Y a las preguntas al estilo quién sos, qué haces, contestó: “Me gustan los perros. Estudio, ahora en un impasse… por mi próximo viaje. Trabajaba hasta hace dos días en un colegio”.

¿Por qué viajas?

C: Al principio viajaba porque me llamaba muchísimo la atención. Había empezado a leer un montón de libros de distintos viajeros. El que más me marcó, por sobre todo, fue “Atrapa tus sueños” de la familia  Zapp, que siguen viajando. Leí otros libros, de otros viajeros,  gente que viajaba a dedo, de otras maneras y me llamaba mucho la atención lo que contaban. Me parecía genial.  A mis 18 o 19 años me llamaba la atención pensar qué había más allá del colegio, de la familia, de los amigos… ¿con qué más se puede encontrar uno?

Al principio quizás viajaba más para ver cómo son otras culturas, cómo son otros países, otras provincias. Después viajé con mis amigas varias veces. El viaje poco “convencional” que hice fue con el auto. Es “el distinto”. Yo ya estaba inmersa en ese pequeño mundito de los viajes, de haber leído, visto documentales, me parecía lo común. Lo difícil era salir. Cuando viajaba con mochila, veía a otros viajeros con auto y los envidiaba, me parecía increíble lo que estaban haciendo. Pero no me sentía preparada para agarrar el auto y salir. Fue una idea que fue madurando de a poquito hasta que un día salió.

¿Por qué decidiste ir en Falcon a recorrer América Latina?

C: Ese año tuve ganas de salir sí o sí en auto y, al principio, pensaba irme con Enero, mi otro perrito. Después conocí a Vani y se lo dije. No sabíamos si daba para irnos solas así que lo abrimos pero al final gente que iba a ir dijo que prefería bajarse del viaje. Quedamos las dos y fue como “bueno ok, vamos”. El auto era el que estaba en la familia. Mi viejo lo había comprado hace poco. A la gente le parece raro que hayamos salido con un Falcon, pero fue natural. ¿qué auto hay?, está el Falcon, ¡vamos! Para nosotras era natural pero cuando se lo contamos a la familia nos dijeron:“¿El Falcon? ¿Te vas a ir con ese auto viejo?”.  Nosotras nunca lo vimos como un auto viejo, es el auto que hay. Sobretodo porque no sabíamos qué íbamos a hacer. La idea fue salir, que es lo más difícil. Salgamos y si llegamos hasta Calamuchita y volvemos ya fue… pero cargamos el auto y vamos. No teníamos esa presión que quizás mucha gente tiene, así que así arrancamos…

¿Cómo fue la preparación del auto?

C: Cuando dijimos, “bueno, nos vamos”, no hicimos mucho. Con el tiempo, como que ya va llegando la época y y ahí dijimos: “bueno de verdad nos estamos yendo, arreglemos el auto”. Nos preguntamos qué hacerle porque no teníamos plata. Decidimos hacer una revisión general. Lo llevamos al taller diciendo “mírenlo, más o menos”. Creo que nadie nos creía. Fue como “sí, sí, chicas, lo revisó un poco”.

Cambiamos un par de mangueras, que es más o menos importante.  Sabíamos cambiar ruedas. Después aprendimos a cambiar las bujías, a fijarnos cuándo estaban carbonizadas, cuándo no. También a cambiar el aceite, el agua…esas cosas simples.

Después teníamos al Club del Falcon, que estaban siempre al pie del cañón si necesitábamos algo. Cualquier duda, cualquier cosa, ellos estaban ahí para ayudarnos. Pero algo así como una mega preparación, no tuvimos. Fuimos a la última reunión del Club y nos presentaron como las viajeras en Falcon…

Las únicas chicas, ¿no?

C: Sí. En esa reunión uno de los mecánicos nos preguntó si podía ver el motor. Se lo abrimos… y se desesperó. En su opinión, había que hacerlo todo de nuevo.  Entonces se lo bajamos y dijimos “stop, basta, nadie mira más este motor”. Porque si no es posta, sin mala intención, la gente empieza a hacerte sentir mal. Cada uno maneja al auto como quiere y nosotras preparación no teníamos demasiada. Entonces fue como “bueno salimos sin escuchar a nadie más, fue”.

 

Cami nos contó cómo, al ser su primer viaje de este tipo, quizás imaginaba que iba a estar en medio de la Selva Amazónica o en la Luna. No esperaba encontrar cosas que uno tiene en su casa, como toallas, cepillos de dientes y cuatro o cinco buzos para variar.

C: Cargamos el auto de una forma increíble. La gente que nos vio salir no lo podía creer… todavía no estaba la carpa del techo pero toda la parte de arriba salió cargada, la parte de abajo igual. Enero estaba en su cucha arriba de todos los bolsos. ¡Un delirio de cosas! El auto estaba pesadísimo. El baúl explotaba. Una cantidad de cosas llevábamos… tres botiquines, incluyendo cosas de baño, dos heladeritas con cosas de cocina, shampoo, cremas, cosas….cómo si no pudieras comprarlas en el camino. Toalla, toallita, toallón, repasador…

Entre risas, Cami también advirtió que aprendieron mucho. Tiraron y regalaron mucho por el camino. Volvieron casi vacías. Arriba, la carpa de techo. Abajo, un bidón de agua y Enero. En el baúl todo acomodado con sus bolsos y un espacio para cada una de ellas adelante. No fue al llegar que se dieron cuenta de lo que es indispensable, sino que se les hizo evidente kilómetro a kilómetro. “Te das cuenta de que el camino te otorga lo que necesitas”, resumió Cami.

 

Tomando mates.

 

C: Después de hacer el viaje, nos dimos cuenta que uno en realidad lleva todo eso para sentir seguridad. Te llevas tus cosas pensando que así vas a estar cómodo porque todo lo de afuera no lo vas a conocer. Entonces vas a tener tu repasador, tu pasta de dientes y eso te va a salvar. Y, bueno, nada que ver….

L: Me imagino a los padres: “llevate esto, llevate lo otro”. Las voces de afuera diciendo: “¿Cómo no podes llevar tal cosa?”. Eso también suma miedo.

C: Sí, total. Medicamentos, cremas para las infecciones, inyecciones por si nos picaba algo. Igual….te puede pasar también. Pero sí es verdad que para ser el primer viaje quizás no sabíamos muy bien con qué nos íbamos a encontrar, ni cómo reaccionar, ni qué llevar. Igual, siempre se suele llevar de más… es parte del aprendizaje. Me acuerdo que nos encontramos tablas de barrenar y las agarramos. Nos encontramos una patineta y la agarramos. Total, la casa es tu auto. Agarrás la patineta y, si no anda bien, a las semanas la dejás de nuevo. Dimos toallas… La verdad es que se aprende un montón sobre qué llevarse y qué no, qué es indispensable y qué no. Por ejemplo, cinco buzos… no necesitas. Posta que no. La ropa hasta se termina rompiendo. Con el calor, la transpiración, el asiento del Falcon…

No se esperaban tanto calor, ¿no?

C: No. Hizo demasiado calor. Siempre tuvimos calor. Desde que entramos a Brasil, en verano, hizo calor hasta que entramos a Chile, ya pegando la vuelta. De repente no teníamos la remera pegada al cuerpo y a Vani se lo decía y no lo podíamos creer. “¿Qué está pasando? Está fresco, sí, está fresco, cerremos las ventanas”. Ahí empezó a hacer un poquito más de frío y en la cordillera también. No sabíamos que íbamos a tener tanto calor pero bueno, se aprende. ¿Querés un mate, está un poco ensopado?

Acostumbrados a la tecnología urbana, cuando las cosas del ambiente nos incomodan, las acomodamos. De viaje es distinto. Uno empieza a ver que tiene que lidiar con las cosas sin tener tanto control sobre la situación. Eso es parte de lo que es ser un poco extranjero.

C: Teníamos aire acondicionado pero gastaba mucho del auto y el motor estaba muy forzado. No prendíamos el aire, salvo en extremos. Por momentos hacía 40 grados y había que prenderlo. Pero, además, el calor del motor iba para adentro. Hay comodidades que no nos damos cuenta que tenemos. Un techo, por ejemplo. Ahora está lloviendo y estamos debajo de un techo y entre cuatro paredes. Nosotros teníamos el auto, modo-living, pero cuando había sol era un horno y no teníamos sombra. ¡Como valoramos la sombra! Hay muchos lugares áridos, muchas playas donde no hay árboles. Entonces ¡cómo se empieza a valorar lo que uno no tiene! La sombra, el vientito… en Buenos Aires hay días templados. Al norte es calor, calor, calor. Cómo los valores se cambian. Eso varía mucho. Voy a ponerle un poco más de yerba al mate…

Cuando las chicas llevaban ya un año en la aventura, decidí caerle de sorpresa a Cami en medio del viaje. Las fui a visitar a Perú. Fue un mini viaje para mí, personal y de otro estilo. Arreglé en secreto con Vani, me subí a un avión y le aparecí a Cami en un McDonalds. Mi sensación durante la estadía fue la de verlas no solo más despojadas de lo material, si no que también más sueltas de alguna manera interna. En modo ciudad nos preocupan cosas que a veces son tan ridículas o tan innecesarias. Uno se carga. Como carga un espacio de objetos, carga la cabeza de cosas. De viaje, con el auto, las chicas solo concebían espacio de preocupación para lo básico: alimento, ir al baño y descansar. Bueno, y sombra… como lo dejó claro Cami.

 

Lu probando la carpa del Falcon.

 

C:  Esa des-pre-ocupación es más bien un efecto, una consecuencia del viaje. A las dos nos gustaba hablar. Manejábamos y hablábamos. Aparecía una necesidad de hablar. Te van pasando un montón de cosas a las que no estás acostumbrada, situaciones nuevas. Por más mínimo, es todo nuevo. Tener a alguien con quien hablar es genial. Y el recorrido en auto era largo. Íbamos trabajando entre las dos esas preocupaciones. Pero es cierto que hay preocupaciones que ya no tenés. Pero tenés otras, de otro tipo. De repente pasas a tener otras cosas en las que pensar y estás más relajado y tranquilo. Hay momentos en los que sí hay tensión pero te das cuenta rápido de qué es lo importante y qué no. Estás sano, estás bien, tenés salud y está más o menos todo bajo control. Bueno, entonces es suficiente.

L: Como si hubiera un orden de las prioridades, ¿no? Lo importante y lo que no es importante. Algo de la liberación de la cabeza…

C: Sí y por ahí lo que nos pasó es que tuvimos tiempo para pensar y sentir. Yo creo que acá en la ciudad no hay tiempo… o por ahí sí hay tiempo pero hay también ruido y luces…hay Internet, hay televisión. Por ahí tenés un día entero vacío pero de todos modos hay ruido en el sentido de que la mente está trabajando todo el tiempo. No teníamos nada de eso. En el viaje, durante el día, era otra cosa. La cabeza en silencio, como abajo. Quizás eso te permite pensar en otras cosas que en la rutina no. A mi me pasó que, después de varios meses, después de un año… empecé a extrañar y empecé a buscar a los seres queridos pero con intención de percibirlos, de saber cómo estaban. Tenía tiempo para pensar en el otro y saber de verdad cómo está. Dedicar tiempo a pensar en tal persona, qué estaba haciendo, qué querrá… y uno también se lo pregunta a uno mismo. Preguntas existenciales.

 

Las chicas llegando a Perú.

 

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